The New Yorker, Aleksandar Hemon: Cloud Atlas, obra a seis manos de los hermanos Wachowski y Tom Tykwer. Nexos: Milan Kundera sobre Carlos Fuentes New York Times Magazine: David Mitchell sobre su novela llevada al cine.
En The New Yorker, Aleksandar Hemon entrega un reportaje que narra al mismo tiempo la creación de la película Cloud Atlas, dirigida por los hermanos Lana y Andy Wachowski, junto con Tom Tykwer, basada en la novela de David Mitchell, y la vida y carrera de los autores de The Matrix. Hijos de un hombre de negocios y una enfermera fanáticos del fine, los hermanos (son 4) crecieron viendo películas. Tras ver 2001 Odisea del Espacio (dos historias no conectadas: una en la prehistoria, otra en el futuro), de Stanley Kubrick, Lana (quien es transgénero y se llamó Larry hasta 2002) quedó intrigada con el monolito que de pronto aparece entre los homínidos. La respuesta del padre: es un símbolo, marcó su enfoque hacia el cine. Larry y Andy hicieron de su casa, y la vida en general, un campo de juegos y aventuras. Ya mayores, formaron una empresa de construcción y remodelaciones sin ser ingenieros; entre otras cosas, construyeron un foso de ascensor sin planos. De extendido sentido familiar, adoptaron a Tykwer como “hermano perdido”, luego de ver su película Lola Corre (una reelaboración de El Azar, de Kieslowski: dependiendo de si el protagonista logra tomar un tren, tendrá tres destinos, tres historias distintas). Puede ser una exageración de Borges haber escrito que acaso la historia universal sea la de unas cuantas metáforas, pero la idea se aplica al arte. El tema de The Matrix, la precaria separación entre mundo real y virtual, asemeja al de La invención de Morel, de Bioy Casares, y en ambas todo es obra de máquinas. De ahí, pasando por la impresión que una película con dos historias separadas provoca en unos niños, y la reelaboración de Kieslowski por Tykwer, se llega a las seis historias en distintos tiempos y espacios, de la novela Cloud Atlas, de la que Mitchell pensó: “es una lástima que sea infilmable”. Porque las tramas, que se relacionan por motivos recurrentes, se desarrollan cronológicamente hasta la mitad del libro y luego se invierten, de forma que todo comienza y termina en el siglo XIX. Tykwer y los Wachowski se retiraron a una casa en Costa Rica a escribir el guión. Desglosaron la novela por escenas, las anotaron en fichas de colores, las reordenaron cuantas veces pudieron. Sin éxito. Apenas el último día dieron con la fórmula. Es la misma de Terra Nostra de Carlos Fuentes, comentada por Kundera: “Una vida no basta. Se necesitan múltiples existencias para integrar una personalidad”. Un mismo actor pasaría a representar diferentes personajes, “actuando almas, no personajes”, según Tykwer.
En The New York Times Magazine, David Mitchell da (sin quererlo) una buena razón para leer el libro antes de ver la película: los actores encuentran matices insospechados la memoria del personaje original antes de ser encarnado desaparece, incluso para el autor que los creó. La estructura del tipo de matrioskas rusas de la novela dio paso a una de mosaico en la película: “no se le puede pedir al espectador que comience por sexta vez a ver la película luego de cien minutos”.
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miércoles, 17 de octubre de 2012
domingo, 30 de septiembre de 2012
El atajo de la palabra
Neue Zürcher Zeitung: Hitler, de la palabra a la acción The Daily Beast: Borges, el inmortal CBS, 60 Minutes: la memoria infinita
Marcel Reich-Ranicki, sobreviviente del gueto de Varsovia que se convertiría luego en el oráculo de la literatura en la lengua de sus victimarios, le llamó “el más grande orador en lengua alemana”; Thomas Mann le atestó una “elocuencia indeciblemente inferior pero efectiva para las masas”. Ambos son citados por Jörg Fisch en el ensayo para la Neue Zürcher Zeitung, en el que destaca la particularidad histórica de Adolf Hitler: a diferencia de otros criminales conquistadores (César, Napoleón, Lenin, Tamerlán, Gengis Khan) lo distingue, más que el uso de la violencia, su fracaso en alcanzar el poder por medio de la fuerza. Al caer preso luego del putsch de Munich se dio cuenta que su única arma era su facilidad para hablarle a las masas. Aunque no era bueno escribiendo, su éxito se debió a su talento demagógico, eficaz gracias a su histrionismo y el dispositivo escénico que desplegaba. En lugar de los actos irrumpió la palabra, que es la que hizo posibles los actos. Esto significó, en relación a sus predecesores, a los cuales superó en fuerza destructora, un cambio esencial de la fuerza bruta a la agitación política. El poder que alcanzó de esta forma se reveló como más resistente que el basado en la pura violencia. Pero sólo podía hacerlo en el ámbito de su lengua; la dominación del mundo vendría por la fuerza. Tomando el atajo de la palabra, el fracasado hombre de acción logró convertirse en victimario.
The Daily Beast presenta un extracto del ensayo sobre Jorge Luis Borges y su cuento Funes el Memorioso, del escritor bosnio Alexandar Hemon, que aparecerá en el libro de The Paris Review: Object Lessons: The Paris Review Presents the Art of the Short Story, a partir del 02 de octubre. El volumen contiene veinte ensayos de veinte escritores sobre otros escritores. Para Hemon, la obra de Borges pertenece a una tradición de literaturas cósmicas: la Biblia, la Iliada, la Divina Comedia, Ulysses. Común a todas sería la certeza de que todo el universo puede ser contenido en la palabra. Sería totalmente imposible conceptualizar la existencia humana sin la literatura. Funes, el memorioso, que recuerda en detalle cada día de su vida, se encuentra por lo mismo incapacitado de pensar y comunicar. Borges sugeriría que el olvido es imprescindible para que pueda existir el pensamiento y el lenguaje: “la necesidad esencial de olvidar bloquea la posibilidad misma de contenerlo todo, pero sin el olvido tal ambición no sería posible en absoluto”, sostiene Hemon.
Una visión más prosaica del tema la presentó hace dos años el programa 60 Minutes de CBS, realizado por Lesley Stahl: Endless Memory. Aquí ya no se trata de ficción literaria, sino de seis personas en los EEUU que pueden recordar perfectamente cada día de sus vidas. No necesitan del olvido para poder pensar, pero el sentimiento de soledad no les es ajeno; en el reportaje se revela de forma sorprendente cuando todos se conocen por primera vez, y es como si lo hubieran hecho durante años. Entre las cosas que descubren los científicos al estudiarlos, está la tendencia al Desorden Obsesivo-Compulsivo, algo que tal vez tengan también los bibliotecarios. Pero acaso lo más insólito sea que la propia periodista Lesley Stahl no haya encontrado al principio nada de extraordinario en este don; su amiga Marilu Henner, actriz de la serie Taxi de los años 80, con Danny De Vito y Judd Hirsch también lo posee, y por ello le pareció algo perfectamente natural.
Marcel Reich-Ranicki, sobreviviente del gueto de Varsovia que se convertiría luego en el oráculo de la literatura en la lengua de sus victimarios, le llamó “el más grande orador en lengua alemana”; Thomas Mann le atestó una “elocuencia indeciblemente inferior pero efectiva para las masas”. Ambos son citados por Jörg Fisch en el ensayo para la Neue Zürcher Zeitung, en el que destaca la particularidad histórica de Adolf Hitler: a diferencia de otros criminales conquistadores (César, Napoleón, Lenin, Tamerlán, Gengis Khan) lo distingue, más que el uso de la violencia, su fracaso en alcanzar el poder por medio de la fuerza. Al caer preso luego del putsch de Munich se dio cuenta que su única arma era su facilidad para hablarle a las masas. Aunque no era bueno escribiendo, su éxito se debió a su talento demagógico, eficaz gracias a su histrionismo y el dispositivo escénico que desplegaba. En lugar de los actos irrumpió la palabra, que es la que hizo posibles los actos. Esto significó, en relación a sus predecesores, a los cuales superó en fuerza destructora, un cambio esencial de la fuerza bruta a la agitación política. El poder que alcanzó de esta forma se reveló como más resistente que el basado en la pura violencia. Pero sólo podía hacerlo en el ámbito de su lengua; la dominación del mundo vendría por la fuerza. Tomando el atajo de la palabra, el fracasado hombre de acción logró convertirse en victimario.
The Daily Beast presenta un extracto del ensayo sobre Jorge Luis Borges y su cuento Funes el Memorioso, del escritor bosnio Alexandar Hemon, que aparecerá en el libro de The Paris Review: Object Lessons: The Paris Review Presents the Art of the Short Story, a partir del 02 de octubre. El volumen contiene veinte ensayos de veinte escritores sobre otros escritores. Para Hemon, la obra de Borges pertenece a una tradición de literaturas cósmicas: la Biblia, la Iliada, la Divina Comedia, Ulysses. Común a todas sería la certeza de que todo el universo puede ser contenido en la palabra. Sería totalmente imposible conceptualizar la existencia humana sin la literatura. Funes, el memorioso, que recuerda en detalle cada día de su vida, se encuentra por lo mismo incapacitado de pensar y comunicar. Borges sugeriría que el olvido es imprescindible para que pueda existir el pensamiento y el lenguaje: “la necesidad esencial de olvidar bloquea la posibilidad misma de contenerlo todo, pero sin el olvido tal ambición no sería posible en absoluto”, sostiene Hemon.
Una visión más prosaica del tema la presentó hace dos años el programa 60 Minutes de CBS, realizado por Lesley Stahl: Endless Memory. Aquí ya no se trata de ficción literaria, sino de seis personas en los EEUU que pueden recordar perfectamente cada día de sus vidas. No necesitan del olvido para poder pensar, pero el sentimiento de soledad no les es ajeno; en el reportaje se revela de forma sorprendente cuando todos se conocen por primera vez, y es como si lo hubieran hecho durante años. Entre las cosas que descubren los científicos al estudiarlos, está la tendencia al Desorden Obsesivo-Compulsivo, algo que tal vez tengan también los bibliotecarios. Pero acaso lo más insólito sea que la propia periodista Lesley Stahl no haya encontrado al principio nada de extraordinario en este don; su amiga Marilu Henner, actriz de la serie Taxi de los años 80, con Danny De Vito y Judd Hirsch también lo posee, y por ello le pareció algo perfectamente natural.
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