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sábado, 31 de diciembre de 2011

Canto de cisne


La víspera de Año Nuevo, la Merce Cunningham Dance Company hará la última presentación de su historia en la Park Avenue Armory, de Nueva York. Al fallecer Cunningham en 2009, había sido acordada la disolución de su compañía luego de una última gira mundial, que ahora llega a su fin y presentó 18 obras. Alma Guillermoprieto, quien fue su alumna, lo evoca en The New York Review of Books: la exigencia física e intelectual que imponía a sus bailarines, pero también su proverbial cortesía. Su trabajo se desarrolló junto a John Cage, Jasper Johns y Robert Rauschenberg, entre otros. Mañana el espíritu de quien bailara “como en fuego” según Guillermoprieto, revivirá por el milagro de la escena una última vez.
En The Sidney Morning Herald el filósofo Damon Young reflexiona sobre las borracheras de Año Nuevo. Si bien ya los antiguos griegos cultivaban la filosofía en simposios, es decir, celebraciones con vino, la embriaguez como recurso se debe en el fondo a que la mayoría de los eventos sociales o familiares son tediosos, y más aún, a causa de la embriaguez general precisamente. Séneca apuntó lo difícil que es permanecer sobrio cuando el resto del mundo no lo está. Séneca era un estoico, y los estoicos creían que la miseria venía de una excesiva fe en el mundo exterior: la felicidad no se logra a través de otros o de cosas, sólo es posible desde la propia psique. La cual es desarmada a través del alcohol, de ahí su rechazo. Según Young, tal vez haya que pensar en cambiar de grupo, si la perspectiva de pasar la noche sin beber parece aburrida. O recurrir a la soledad, pues tal vez valga la pena meditar por qué la familia y los amigos se hacen llevaderos con la bebida. Las preguntas difíciles hay que hacérselas, no ahogarlas.
El poema de la semana en el Times Literary Suplement, es de Wisława Szymborska. Comienza en tono prosaico para inadvertidamente transfigurarse de verso en verso, así como la casualidad se vuelve destino en el encuentro de los dos amantes objeto del poema. Y finaliza (con perdón por traducir del inglés la traducción del polaco):
Todo principio
Es sólo una secuela, después de todo,
Y el libro de eventos
Siempre está abierto hasta la mitad

viernes, 16 de diciembre de 2011

Libertad o paradoja


Peter Wilby escribe para The Guardian, con humor e ironía, un obituario a Christopher Hitchens: de estilo vigoroso y a veces pomposo, con amplias lecturas y memoria prodigiosa, recordaba al instante todo lo leído o escuchado alguna vez y, como buen polemista, mostró grandes habilidades de observación y reporterismo. En Oxford, se dedicó al activismo político de izquierdas. Perteneció a la generación del 68, perdió la virginidad por una mujer que lo idolatraba, compartió el lecho con dos futuros miembros del gabinete. Se volvió, dice Wilby, “eventualmente un dedicado heterosexual porque, decía, su porte desmejoró hasta el punto de que ningún hombre querría tenerlo”. Pero no sucumbió al encanto por Mao y Fidel, aunque siguió admirando al Ché y a Lenin. En 1979 deseó secretamente el triunfo de Thatcher, para “acabar con la mediocridad”. Se hizo amigo de Paul Wolfowitz, y sus hijos fueron a escuelas privadas. A temprana edad emigró a EEUU, donde desplegó su carrera, y la emprendió con Henri Kissinger, Bill Clinton, y la Madre Teresa. Se declaró judío y apoyó a los palestinos. Su “frío y sostenido odio”  a toda religión lo nutría “como todo amor”. Alcanzó renombre mundial con su libro “Dios no es bueno” (“God is not Great”, en inglés).
Hizo lo que pudo por ser un librepensador.
Según la reseña del libro Thinking, fast and slow, de Daniel Kahneman, escrita por Freeman Dyson para New York Review of Books, esto no es factible debido a la “ilusión de validez”. La falsa creencia en la confiabilidad de nuestro juicio fue descubierta por Kahneman a los 21 años, cuando sustituyó para el ejército israelí el método de oficiales escogiendo a los reclutas guiados por su juicio como “expertos”, por estadísticas recogidas mediante cuestionarios. El método estadístico resultó infinitamente superior para predecir quienes serían buenos en cuales ramas de las fuerzas armadas. Al descubrir la “ilusión de validez”, sostiene Kahneman en paradoja, descubrió también su “primera ilusión cognitiva”. El cerebro está dividido en el sistema uno y el sistema dos. El uno es rápido e intuitivo, permite reconocer rostros y palabras en fracciones de segundo y está basado en emociones intensas. Confiamos en su juicio, pero se equivoca a menudo, sólo que en la selva es preferible ser rápido y estar equivocado, que ser lento y estar en lo cierto. Que es como funciona sistema dos, que revisa las acciones de sistema uno, evalúa y permite corregir, crear arte y cultura. Pero sistema dos es flojo, por lo que tendemos a regresar al uno. Dyson lamenta que Kahneman ni siquiera mencione a Freud, pero lo entiende: Freud se centra en el inconsciente, similar al sistema uno y por definición, no medible por el sistema dos, similar al consciente, en el que trabaja Kahneman. Su labor le ha valido un Nobel en Economía por descubrimientos como el “efecto de dotación” o “certidumbre”, que consiste en dotar de mayor valor las cosas que poseemos a las que no, o querer vender caro y comprar barato. Este efecto es beneficioso, por estabilizador, en épocas pacíficas y prósperas, y pernicioso en momentos de pobreza. Muchas transacciones no llegan a cerrarse por él,  y contradice la idea de mercados perfectos. Kahneman quiere dejar como legado un nuevo léxico, libre de subjetivismo, al que pertenecen las expresiones “ilusión de validez” y “efecto de dotación”. Resulta irónico que la traducción del original “endowment effect” no sea directa y plena (aunque sí literal). O precisamente. 

miércoles, 23 de noviembre de 2011

La granja arde

En The New York Review of Books, John Lanchester recuerda cuando una camarera le contó en Reikjavik que, antes de la crisis financiera, los fines de semana tomaba un avión a Milán para hacer compras. La anécdota le sirve para entrar en la reseña del libro “Boomerang: Travels in the New Third World”, de Michael Lewis, cuya tesis es que la crisis subprime no fue causa sino síntoma de algo mayor, el salto en la deuda global, pública y privada, de 84 billones de dólares en 2002 a 195 hoy en día, para financiar el gasto absurdo, tanto de las camareras de Reykjavik, como de los gobiernos. Y si cuando fallan los bancos quien corre al rescate es el gobierno…¿Quién lo hará cuando fallen los gobiernos, es decir, cuando no puedan pagar la deuda soberana? Durante su recorrido por Islandia, Grecia, Irlanda, Alemania y California, Lewis recurre a personas un tanto a contracorriente para contar su historia. Así, entrevista al exgobernador Arnold Schwarzenegger mientras entrena en bicicleta, saltándose los semáforos en rojo y conduciendo a contramano; o al manager de un fondo de cobertura, Kyle Bass, quien ganó una fortuna apostando a la baja de las subprime, y ahora cree que lo único que se puede comprar es oro y pistolas, porque la deuda soberana se irá al diablo. En cuanto a Grecia, la encuentra en “un colapso moral total”, con una población que pretende vivir protegida de realidades económicas por el Estado, donde los hombre se jubilan a los 55 años y las mujeres a los cincuenta, siempre y cuando sus profesiones sean consideradas  “arduas”, clasificación en la que entran camareros, peluqueros, locutores y músicos.

El lunes 21 de noviembre se cumplieron doscientos años de la muerte del poeta Heinrich von Kleist. En un picnic concertado con su enamorada Henriette Vogel a orillas del Kleiner Wannsee de Berlín, la mató de un disparo en el pecho para después suicidarse con el cañón en la boca. Para Volker Weidermann de la Frankfurter Allgemeine Zeitung, un motivo que se encuentra con frecuencia en las piezas teatrales y narraciones del autor. Según la nota, Kleist sería, junto a Büchner, el más cercano a nuestra sensibilidad actual, mientras que Goethe, Schiller y Thomas Mann, son arrojados al atemporal saco de los que “temen” a Kleist y su abismo. Las alas de ángeles y los sesos desparramados, hechizo de la muerte y de la verdad, belleza y claridad, conviven en este poeta que nunca logró ser reconocido, y abandonaba un plan para comenzar otro.
Acaso sea por esta inclinación por el detalle macabro, que de acuerdo a Die Welt Online, Kleist sea el inventor del periodismo sensacionalista. “La Marquesa de O”, embarazada tras una violación, buscando al padre desaparecido del hijo bastardo mediante un anuncio del periódico, parece el tema de una crónica policial, pero fue la fundación de los “Berliner Abendblätter” lo que justificaría esta apreciación, pues fue el primer diario en publicar noticias policiales. Y en tiempo real: “En Lichtenberg arde en estos momentos (10 am) una granja”. Kleist era además tartamudo, y tal vez de ahí su escrito: “De la progresiva formación de los pensamientos al hablar”.