I: La demonización del pensamiento crítico
Aporrea: Luisana Colomine: contra el efecto Naím
Público: Vicenç Navarro: la demonización de Chávez
El Ministro de Información venezolano, Ernesto Villegas, ha recomendado via Twitter dos lecturas. En Aporrea, militante portal del chavismo, Luisana Colomine asevera que el canal de noticias Globovisión inyecta “dosis letales de veneno ideológico contra la libertad de los pueblos de América Latina”. Se refiere en concreto a dos emisiones (aquí y aquí) del programa “Efecto Naím”, de Moisés Naím, ex ministro de Industria y Comercio del período de gobierno 1989-1993 de Carlos Andrés Pérez. Colomine resume el contenido y no argumenta mayormente. Se concentra más en descalificar a Naím, quien habría sido en aquél entonces “el artífice” del aumento de la gasolina (la más barata del planeta), del transporte público, de los productos de primera necesidad (aunque los aumentos no incluyeron la cesta básica y sí el salario mínimo), “en fin”, exclama, “un verdadero prontuario contra cualquier ser humano”. Sería culpable del desabastecimiento (pero sucedió en el período anterior) y habría “inventado” la pobreza crítica, a la que habría llevado a 90% en solo un año, es decir, de 1989 a 1990. La data de CEPAL, sin embargo, arroja 39,8% para 1990. La inflación habría llegado a 89%, aunque en realidad fue 81% en 1989 (BCV, tabla 4_1_14.xls), la más alta en todo el período.
En el periodismo de opinión, las interpretaciones de los hechos son libres, no así los hechos.
Así lo reclama por demás Vicenç Navarro en su blog Pensamiento Crítico, de Público.es. El punto central del post “La demonización de Chávez”, es que la prensa se encontraría bajo un cuasi monopolio ideológico de “voces conservadoras-neoliberales”, sobre todo en los medios españoles, que les permitiría argumentar impunemente con datos falsos, por ejemplo, contra el gobierno de Chávez. Moisés Naím formaría parte de esa batería. Curiosamente, Navarro procede, en primer lugar, a…demonizarlo. Naím fue “uno de los arquitectos de las políticas de austeridad” del gobierno de Carlos Andrés Pérez (1989-1993), que habrían provocado las “protestas populares” del “Caracazo” de 1989, y arrojado más de 3000 muertos cuando el “gobierno disparó contra civiles que protestaban”. En segundo lugar procede a enaltecer a Mark Weisbrot como “uno de los economistas más creíbles en temas económicos internacionales en EEUU” (no dice que es además un conspicuo publicitador de la revolución chavista), y a Muntaner, Benach y Páez Víctor, “investigadores sociales de gran credibilidad internacional”, para con sus datos demoler la críticas de Naím.
Aquí: los artículos de Weisbrot y Naím en el New York Times. Y aquí: uno posterior de Weisbrot en The Guardian. No entraré a discutir los argumentos de ambos, resumidos por Navarro. Baste decir que Naím comienza su artículo lamentando un déficit fiscal de casi 20%, que se revela apenas como un estimado de Barclays, (por lo menos proporciona el hipervínculo), y que Weisbrot asegura que el ingreso per cápita real disminuyó entre 1980 y 1998, es decir, antes de tomar Chávez el poder, aunque si se toma el Ingreso Nacional Bruto per cápita PPA, entonces aumentó; y si se toma el método Atlas, disminuyó…pero hasta el 2005 inclusive, cuando vuelve a subir notablemente. Uno puede (y no siempre debe) hacer muchas cosas con las estadísticas.
En cuanto a Muntaner et.al., Navarro toma las cifras de víctimas y la lectura del Caracazo casi literalmente de su entusiasta escrito, repleto de data, en defensa del actual gobierno venezolano. Sólo que los 3000 asesinados de 1989 no encuentran respaldo en ninguna fuente documental. Las cifras oficiales estarían por 277 personas muertas, Amnesty International habla de “más de 250” (párrafo 16, sección “Background”), y la historiadora López Maya, de “casi 400” (pag. 202). Navarro y sus colegas no mencionan además que los sucesos, más que “protestas populares”, fueron motines de escasez: empezaron con una protesta y se transformaron en motines y saqueos extendidos y generalizados, en los cuales participaron personas de diferentes estratos sociales e incluso policías, un fenómeno de masas y contagio durante el cual colapsó el conjunto social. Según Muntaner, Benach y Páez Víctor, Naím fue Ministro de Hacienda (¿¿??) y “uno de los diseñadores de el Caracazo”.
Estos términos son irresponsables. Y su manejo de las cifras llega a ser muy cuestionable. Tal vez excitados por los números, hacen una comparación que, en el contexto, parece absurda: “mientras en 1980 se importaba el 90% de los alimentos, hoy el porcentaje es menor al 30%”. Vaya, Chávez no asumió en 1980 sino en 1999, 19 años después. Esto sin entrar a considerar la validez de los datos, o si se están mezclando fuentes distintas. Navarro no recurrió a ese “dato”, pero sí toma de sus colegas la reducción de la pobreza, que habría pasado de 71% en 1996 (60,9% primer semestre, 54,5% segundo semestre 1997, INE) a 21% en 2010 (32,5% ambos semestres de 2010, INE). Además del problema con los datos toca recordar, de nuevo: Chávez asumió en febrero de 1999, no en 1996. Según el INE y el Banco Mundial, recibió un índice de pobreza de 50,4%.
Para Navarro, gobiernos como el que tuvo a Naím de ministro “expandieron la pobreza de manera muy notable”. Veamos los datos: el índice de Gini, que mide la desigualdad, bajó de 43,84 para el año 1989 a 42,1 en 1992. La cifra del año 87 está en 53,43, y no hay data para el 88, lo cual no permite afirmar cuándo comenzó a bajar. En todo caso, durante ese gobierno bajó. La desigualdad subió de nuevo en el siguiente período y con Chávez, y es recién en 2007 que baja a 42,37, tras ocho años de su gobierno, para finalmente romper la barrera de 42 en 2008. La correlación más notable parece no ser con el tipo de gobierno sino con los precios del petróleo: la desigualdad baja cuando suben. Compárese este gráfico de Wikipedia, tomado del workbook de BP, con la data referida arriba.
Otros datos curiosos, porque contrastan con la percepción dominante sobre el gobierno 1989-93 son: el índice de pobreza, medido por el porcentaje de la población que gana menos de 2$ diarios (no hay data basada en la línea nacional de pobreza en el BM para esos años) bajó de 13,1% en 1987 (dos años antes del período) a 9,7% en 1992; y el INB per cápita PPA subió de U$ 6.405 en 1989 a U$ 8.141 en 1993.
En dos cosas tiene Navarro razón: no está bien falsear datos y hechos, y el empobrecimiento del debate causa un grave daño a la democracia. Además, socava la esfera pública y la “privatiza” a favor de una tendencia. El Ministro Villegas sugiere que leamos a Navarro, los medios del Estado replican el artículo. Mientras tanto, se censura la tendencia opositora, al abrir un procedimiento contra la televisora Globovisión, por unos micros referentes a la juramentación, aún no realizada, de Chávez. Según Villegas, la televisora reprodujo incompleto y “escamoteó” el artículo 231 de la Constitución venezolana. Pero como puede verse aquí y también aquí, el artículo se reprodujo completo. Otro dato falso. También puede verse que dichos micros intentan construir un argumento, o los componentes de un argumento. Con la averiguación, y la prohibición de transmitirlos, se intenta censurar y penalizar el pensamiento. O deberíamos decir, parafraseando a Navarro: demonizar el pensamiento crítico.
Andrés Schäfer
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martes, 29 de enero de 2013
El socavamiento de la esfera pública
jueves, 13 de diciembre de 2012
Google y la prensa: duelo bajo el sol
The New York Times: en Alemania, gobierno y prensa contra agregadores y motores de búsqueda. Frankfurter Allgemeine Zeitung: la prensa sesgada. Frankfurter Allgemeine Zeitung: la promesa vacía de la era digital. Der Perlentaucher: TV pública y periodismo en la era digital. Was mit Medien: Jeff Jarvis: editores alemanes extorsionan a Google.
En The New York Times, Kevin J. O’Brien suministra un resumen de la disputa en Alemania en torno al proyecto de ley (Leistungsschutzrecht), que obligaría a servicios de agregación como Google a pagar licencias a periódicos y revistas por los extractos y titulares que acompañan a los links en los resultados de la búsquedas. Google alega que los medios alemanes han presentado una cobertura sesgada del tema y ha lanzado una agresiva campaña por su cuenta. La contraparte sostiene que iniciativas similares vendrán de otros países europeos y que Google no quiere negociar. Pero los medios pueden, mediante robots, excluir sus productos de las búsquedas, o incluso decidir si aparecen los extractos o solamente los links.
Según expertos del Instituto Max Planck para el Derecho de Bienes y Competencia Inmateriales, el proyecto legal no tiene justificación. Sería un “derecho de interdicción” que los editores a todas luces no quieren implementar, pues de lo contrario harían uso de las posibilidades técnicas arriba descritas. Demostrarían así que usan a los motores de búsqueda para atraer lectores. Por lo tanto se trataría de que los editores, amparados en el derecho interdictorio, buscan otorgar permisos de utilización, “o más exactamente: obtener la posibilidad de lograr ingresos por licencias”.
Frank Rieger, del Chaos Computer Club, y columnista en la Frankfurter Allgemeine Zeitung, echa en cara a este diario y la “prensa de calidad” alemana, el haber ignorado el dictamen de los expertos, salvo para descalificarlos como empleados públicos. El debate se habría caracterizado por la deshonestidad intelectual y los argumentos ad hominem. Ambos lados (la blogósfera, los agregadores y Google por un lado, la editorial Springer con su diario sensacionalista Bild, la prensa seria, los gremios de periodistas y sindicatos por el otro) estarían en una guerra de trincheras, cada cual presentándose como el indefenso y virtuoso David frente al desalmado gigante Goliat. Algunos periodistas e internautas habrían hecho un muy mal papel, dando muestras abiertas de deshonestidad en la argumentación. La diatriba desatiende los temas verdaderamente importantes: el futuro del periodismo, el poder de las corporaciones, la relación entre el mercado y la sociedad. El proyecto de ley apuntaría al desastre. Debería desistirse de él.
En el mismo diario, Frank Schirrmacher recurre a la ironía y los extremos para preguntarse si la era digital implica un cambio revolucionario, o si se trata del mayor golpe publicitario de Silicon Valley. La tecnología que haría de cada ciudadano un canal de TV y un periódico, lo que ha logrado es crear gigantes solitarios monopolizando cada sector (refiriéndose, sin nombrarlos, a Google, Amazon, Facebook y Apple). Se pregunta dónde está el modelo de negocios que funciona en esta nueva economía, llena de start-ups que no llegan a nada. El Huffington Post de la millonaria Ariana Huffington no paga a sus escritores, el resto tiene que descender al foso de la auto-explotación para sobrevivir. El único modelo exitoso sería la Consultoría Digital. Los entusiastas proclaman que hay que vivir con la desaparición de ramos industriales y de profesiones enteras; los activistas reniegan del fetichismo del mercado mientras promueven una “praxis que lo eleva a ley natural de la física social”, en la que las nuevas tecnologías socavan el mismo ideal emancipador que proclaman. La pregunta hoy no sería tanto cómo podría sobrevivir el periodismo de calidad, sino cómo puede sobrevivir una sociedad sin él.
Para Thierry Chervel, de Der Perlentaucher, los jerarcas de la prensa no han encontrado un modelo de negocios para la era digital. Piensan que han debido cobrar por sus contenidos, pero sólo una fracción de los diarios mayores se encontraría gratis online, por lo que han seguido cobrando por ellos. Su demanda de derechos de explotación (Leistungsschutzrecht) hace pensar en la protección de especies en peligro de extinción. Pero por lo menos los medios privados se ven obligados a luchar por su supervivencia. En cambio, la TV pública alemana recibe un nuevo espaldarazo sin rendir cuentas: a partir del 2013, todo usuario de cualquier aparato que se conecte a Internet, deberá pagar una cuota para las televisoras del sistema público. Un sistema injusto en el que alguien de 18 años paga por una programación cuyo público promedia los 63, y que está lleno de redundancias (el mismo programa haciendo circuito por todas las estaciones). La verdad es que en la era digital los géneros (prensa, radio, TV) se han borrado y todo se ha transformado en la Red. Hay que preguntarse cómo debe ser el periodismo de interés público en una esfera de opinión pública completamente alterada por este cambio. Pero a Chervel no se le ocurre más que proponer un fondo para proyectos novedosos.
Was mit Medien entrevista a Jeff Jarvis. El titular y el sumario son en alemán, pero el texto es en inglés (necesita un editor, por cierto). Para Jarvis, la ley del Leistungsschutzrecht es una estúpida ley alemana que además amenaza con contagiar otros países. No entiende la idea de que Google es malvado, y de que se use como insulto el término “capitalismo de Silicon Valley”. Los editores alemanes estarían extorsionando a Google, como si dijeran: “tú estás haciendo mucho dinero, nosotros no; danos algo”. En realidad, si desaparecieran, Google seguiría ganando casi lo mismo. El negocio editorial está profundamente alterado por Internet, “pero es absurdo argumentar una especie de derecho divino para mantener el negocio que se tiene. Es absurdo para los bancos, es absurdo para las automotrices, y es absurdo para las empresas editoriales”, sostiene. En Alemania hace falta mayor transparencia, actualmente no parecería un lugar atractivo para invertir.
En The New York Times, Kevin J. O’Brien suministra un resumen de la disputa en Alemania en torno al proyecto de ley (Leistungsschutzrecht), que obligaría a servicios de agregación como Google a pagar licencias a periódicos y revistas por los extractos y titulares que acompañan a los links en los resultados de la búsquedas. Google alega que los medios alemanes han presentado una cobertura sesgada del tema y ha lanzado una agresiva campaña por su cuenta. La contraparte sostiene que iniciativas similares vendrán de otros países europeos y que Google no quiere negociar. Pero los medios pueden, mediante robots, excluir sus productos de las búsquedas, o incluso decidir si aparecen los extractos o solamente los links.
Según expertos del Instituto Max Planck para el Derecho de Bienes y Competencia Inmateriales, el proyecto legal no tiene justificación. Sería un “derecho de interdicción” que los editores a todas luces no quieren implementar, pues de lo contrario harían uso de las posibilidades técnicas arriba descritas. Demostrarían así que usan a los motores de búsqueda para atraer lectores. Por lo tanto se trataría de que los editores, amparados en el derecho interdictorio, buscan otorgar permisos de utilización, “o más exactamente: obtener la posibilidad de lograr ingresos por licencias”.
Frank Rieger, del Chaos Computer Club, y columnista en la Frankfurter Allgemeine Zeitung, echa en cara a este diario y la “prensa de calidad” alemana, el haber ignorado el dictamen de los expertos, salvo para descalificarlos como empleados públicos. El debate se habría caracterizado por la deshonestidad intelectual y los argumentos ad hominem. Ambos lados (la blogósfera, los agregadores y Google por un lado, la editorial Springer con su diario sensacionalista Bild, la prensa seria, los gremios de periodistas y sindicatos por el otro) estarían en una guerra de trincheras, cada cual presentándose como el indefenso y virtuoso David frente al desalmado gigante Goliat. Algunos periodistas e internautas habrían hecho un muy mal papel, dando muestras abiertas de deshonestidad en la argumentación. La diatriba desatiende los temas verdaderamente importantes: el futuro del periodismo, el poder de las corporaciones, la relación entre el mercado y la sociedad. El proyecto de ley apuntaría al desastre. Debería desistirse de él.
En el mismo diario, Frank Schirrmacher recurre a la ironía y los extremos para preguntarse si la era digital implica un cambio revolucionario, o si se trata del mayor golpe publicitario de Silicon Valley. La tecnología que haría de cada ciudadano un canal de TV y un periódico, lo que ha logrado es crear gigantes solitarios monopolizando cada sector (refiriéndose, sin nombrarlos, a Google, Amazon, Facebook y Apple). Se pregunta dónde está el modelo de negocios que funciona en esta nueva economía, llena de start-ups que no llegan a nada. El Huffington Post de la millonaria Ariana Huffington no paga a sus escritores, el resto tiene que descender al foso de la auto-explotación para sobrevivir. El único modelo exitoso sería la Consultoría Digital. Los entusiastas proclaman que hay que vivir con la desaparición de ramos industriales y de profesiones enteras; los activistas reniegan del fetichismo del mercado mientras promueven una “praxis que lo eleva a ley natural de la física social”, en la que las nuevas tecnologías socavan el mismo ideal emancipador que proclaman. La pregunta hoy no sería tanto cómo podría sobrevivir el periodismo de calidad, sino cómo puede sobrevivir una sociedad sin él.
Para Thierry Chervel, de Der Perlentaucher, los jerarcas de la prensa no han encontrado un modelo de negocios para la era digital. Piensan que han debido cobrar por sus contenidos, pero sólo una fracción de los diarios mayores se encontraría gratis online, por lo que han seguido cobrando por ellos. Su demanda de derechos de explotación (Leistungsschutzrecht) hace pensar en la protección de especies en peligro de extinción. Pero por lo menos los medios privados se ven obligados a luchar por su supervivencia. En cambio, la TV pública alemana recibe un nuevo espaldarazo sin rendir cuentas: a partir del 2013, todo usuario de cualquier aparato que se conecte a Internet, deberá pagar una cuota para las televisoras del sistema público. Un sistema injusto en el que alguien de 18 años paga por una programación cuyo público promedia los 63, y que está lleno de redundancias (el mismo programa haciendo circuito por todas las estaciones). La verdad es que en la era digital los géneros (prensa, radio, TV) se han borrado y todo se ha transformado en la Red. Hay que preguntarse cómo debe ser el periodismo de interés público en una esfera de opinión pública completamente alterada por este cambio. Pero a Chervel no se le ocurre más que proponer un fondo para proyectos novedosos.
Was mit Medien entrevista a Jeff Jarvis. El titular y el sumario son en alemán, pero el texto es en inglés (necesita un editor, por cierto). Para Jarvis, la ley del Leistungsschutzrecht es una estúpida ley alemana que además amenaza con contagiar otros países. No entiende la idea de que Google es malvado, y de que se use como insulto el término “capitalismo de Silicon Valley”. Los editores alemanes estarían extorsionando a Google, como si dijeran: “tú estás haciendo mucho dinero, nosotros no; danos algo”. En realidad, si desaparecieran, Google seguiría ganando casi lo mismo. El negocio editorial está profundamente alterado por Internet, “pero es absurdo argumentar una especie de derecho divino para mantener el negocio que se tiene. Es absurdo para los bancos, es absurdo para las automotrices, y es absurdo para las empresas editoriales”, sostiene. En Alemania hace falta mayor transparencia, actualmente no parecería un lugar atractivo para invertir.
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jueves, 17 de noviembre de 2011
Luego viene la moral
Para Fernando Savater, entrevistado por Letras Libres, la crítica a los políticos sólo es creíble acompañada de una autocrítica de los ciudadanos. Pero estos estuvieron muy felices con una prosperidad irreal, antes de indignarse por su irrealidad. Los indignados critican la corrupción de los políticos, mientras apoyan la corrupción de bajarse cosas pirateadas de Internet, y cita la conseja: “moral es lo que les falta a los otros”. La prohibición de los toros se produce no porque amemos más a la naturaleza, sino porque nos alejamos más de ella, y en todo caso, decidir lo que es moral o no, escapa de las atribuciones de las autoridades, porque la ley está justamente para lograr que convivan morales distintas. La educación es para enseñar a vivir juntos a quienes son distintos, no para crear particularidades regionales. El problema de la universidad española es en realidad anterior a ella, está en la escuela y, en buena parte, en los nacionalismos que han producido como 16 programas distintos, y cuyo origen son movimientos antiinmigración como en Catalunya y el País Vasco.
Adam Michnik le habría dicho, cuando cayó el comunismo: “desengáñate, lo peor del comunismo es lo que viene después”. Sabater cree que lo mismo se puede decir del zapaterismo.
“Primero la comida, luego la moral”, es la cita de Brecht que escoge Manuel Arias Maldonado como sumario de la crisis institucional española. En el país no se puede hoy hablar razonablemente del disfuncional aparato administrativo público, ese espacio no lo hay en la esfera pública española. El sistema, que responde a innumerables intereses partidistas, locales, regionales, nacionalistas, ha perdido la capacidad de reaccionar razonablemente a las necesidades de la sociedad. Según Arias Maldonado, “ya se trate de las embajadas autonómicas en el extranjero, de las televisiones públicas y sus diversos consejos audiovisuales, o de los observatorios de aquello que sea menester observar en cada caso, es difícil sostener que estas ramificaciones administrativas sirvan para algo distinto que no sea de agencias de empleo para los partidos y para desviar recursos de las muy necesarias inversiones públicas productivas que –ahora– tanto echamos en falta”. Y se pregunta sobre la utilidad de estos organismos, comparada a la de una red pública de guarderías, si esta existiera.
La eficiencia que garantizaría la cercanía de instancias administrativas con los ciudadanos afectados, lo que crea son lazos de interés particulares que impiden un aparato neutral y le emanación de una ética pública digna de tal nombre.
El Cultural presenta la introducción del libro del periodista Diego Armario, “El Psoe en llamas”. El comienzo lo dice todo: “Ocho años de gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y diez al frente de la dirección del PSOE han sido suficientes para dejar tocado a su partido y poner en riesgo algunos de los fundamentos del Estado tal y como fue concebido por los constituyentes y apoyado por todos los partidos políticos durante la Transición”.
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