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jueves, 2 de febrero de 2012

Cerrar los penales. Golpes a la puerta


El tono comprometido inspira escepticismo, pero la propuesta a contramano del artículo de Christopher Glazek en la revista N+1 incita a pensar: EEUU no debería reformar su sistema de prisiones, debería abolirlo: abolir las prisiones. Glazek falla en decir cómo se ve eso en detalle, pero arguye que la pena de muerte e incluso el aumento de la delincuencia son moralmente preferibles al infierno de las prisiones en ese país. Y aporta data: la población penal se cuadruplicó a 2,3 millones de presos en veinte años, hay más violaciones en las cárceles que en todo el resto del país y tal vez sea el único lugar en toda la historia de la humanidad en el que se violan más hombres que mujeres. Las penas impuestas son a veces astronómicas, hay gente que por delitos menores paga cadena perpetua. Muy pocos logran la reinserción, los más son vueltos a encarcelar, muchos por violar los términos de la libertad condicional, y una de las causales puede ser simplemente no haber encontrado trabajo. EEUU celebra todos los años la disminución de la criminalidad, mientras alimenta un infierno en el cual no hay ley, una mancha negra en la geografía. Y aporta también historias, como la del muchacho de 15 años condenado a una pena de 8 en una prisión de adultos, por lanzar un cóctel Molotov a una pila de basura causando daños por 500 dólares. Fue en Texas, cuando Bush jr resultó electo gobernador prometiendo mano dura. El niño fue violado repetidamente, su carta a las autoridades y los pedidos de su madre no fueron oídos. Un día se quitó la vida.
En su blog, el escritor y dramaturgo Ibsen Martínez recuerda a Juan Carlos Gené, actor, libretista, dramaturgo y director escénico argentino que vivió 18 años en Venezuela, habiendo huido de la dictadura en su país. Según Martínez, Gené cambió la vida de muchos a través de su grupo Actoral 80 (de “voluntariosa austeridad”), que en esos años era parte de una escena que hoy luce envidiable. Detestaba la palabra “teatrero” y se consideraba ante todo actor, como debería ser siempre. Escribió el grueso de su obra dramática en Caracas (su más recordada pieza: Golpes a mi puerta), y regresó a su país en 1993, donde falleció, casi en las tablas, el 31 de enero. Clarín entrega también una sentida nota con datos de su vida. Eloísa Tarruella grabó (ya no se filman) un documental: Gené en escena. La música y el tráiler pueden desanimar un poco al principio, pero la película parece valer la pena. Se consigue en www.geneenescena.com.ar y debería ser vista en el país que también fue su hogar.

miércoles, 19 de octubre de 2011

¿Estado? ¿Cuál Estado?

El número de octubre de The American Prospect tiene tiempo circulando, sin embargo su preocupación por el futuro de la democracia hace necesario comentarlo. Para Scott Lemieux el sistema probatorio y las garantías procesales no resguardan los derechos del acusado. En el caso de la ejecución en Georgia de Troy Davis, convicto por asesinato en base a testimonios oculares, que no evidencia física, en un proceso del que uno de los testigos se vanaglorió de ser el asesino, Lemieux encuentra que se trata claramente de una “ejecución mientras se prueba su culpabilidad”. Y Harold Meyerson sostiene en la historia de tapa, que la actual crisis que paraliza al país, enfrentando al gobierno con los Republicanos, está programada en la Constitución. Los Founding Fathers, temiendo que una mayoría pudiera actuar como si fuera una facción, introdujeron un complejo sistema de control entre poderes. Pero EEUU necesitaría una democracia parlamentaria y no un sistema presidencialista.
En Página 12 Eduardo Febbro entrevista a Thomas Coutrot, vicepresidente de Attac, quien ve en las actuales protestas mundiales una “crítica radical de la representación política”: el “capitalismo parlamentario” estaría en su etapa terminal, y habría que volver a la “democracia real”.  
Luis Alberto Romero escribe para La Nación, que a pesar de las marcadas diferencias entre los gobiernos peronistas (Perón, Menem, Kirchner), tienen en común la “idea de que el Estado es el instrumento del gobierno y del movimiento”. Perón gobernó todavía con un Estado argentino constituido, pero a partir de 1976 los militares se entregaron a demolerlo, obra que habría sido continuada por Menem y Kirchner. Con ese giro, el Estado habría pasado del interés general a la administración de prebendas.